América, entre real e imaginada, en los «Diarios» de Cristóbal Colón

El así llamado «descubrimiento» de América (aunque resultaría más conveniente, a mi parecer, aludir a este evento histórico como «encuentro», «choque» o, si se prefiere, «descubrimientos», si queremos atender a él desde ambas perspectivas, esto es, desde uno y otro lado del Atlántico) supuso uno de los hechos más decisivos del siglo XV, por no decir el más decisivo, no solo para las sociedades nativo-americanas, sino también para todo el viejo continente, que tendría que reestructurar su concepción del mundo conocido a partir de la inclusión de todo un nuevo territorio en la geografía y la mentalidad medieval. Aunque somos conscientes de la magnitud de este acontecimiento, ¿cómo podríamos llegar a comprender, desde nuestra perspectiva actual, en una sociedad donde las nuevas tecnologías y el avance de la ciencia nos han proporcionado un conocimiento objetivo del universo que hace varias décadas no podíamos ni imaginar, que los primeros conquistadores, entre ellos Cristóbal Colón (¿1451?-1506), no estuviesen preparados para asimilar lo desconocido, lo nuevo, lo misterioso, esa otra realidad que trataron de explicar con una cosmogonía familiar pero claramente desfasada? En un mundo como el nuestro, en el que ya nada parece poder sorprendernos, tendríamos que imaginar un hipotético viaje más allá del espacio conocido. Una travesía intergaláctica a bordo de una nave espacial que llevase al hombre a una galaxia ignota donde, incapaz de procesar lo que ven sus ojos, tuviese que recurrir a su imaginario de ciencia-ficción, basado, por ejemplo, en el universo de Star Wars, de tal forma que, al llegar a un planeta desértico, dijese: «Hemos debido llegar a Tatooine, patria de Luke Skywalker» o, al aterrizar en un mundo selvático y lleno de lagos señalase: «No tiene que estar lejos el palacio de la reina Padmé Amidala, pues sin duda nos encontramos en el planeta Naboo». Tal combinación entre lo real y lo imaginario, entre historia y ficción, nos resultaría, cuando menos, extraña y quijotesca. Pero no podemos olvidar que estamos ante un género, el de las crónicas de Indias, que se caracteriza principalmente por su hibridez, por su naturaleza a caballo entre el texto histórico de intención objetiva (o al menos descriptiva) y el relato subjetivo y personal.

Retrato de Cristóbal Colón, de Ridolfo Ghirlandaio. Fuente

Retrato de Cristóbal Colón de Ridolfo Ghirlandaio. Fuente

De este modo, la visión que Colón expone en su Diario de a bordo (correspondiente al primer viaje) y en las narraciones de sus tres viajes sucesivos (realizados en 1493, 1498 y 1503, respectivamente) dista en gran medida de ser puramente «histórica». Colón confunde, interpreta, manipula y reinventa la realidad americana, partiendo casi siempre de sus esquemas cognitivos previos, es decir, contemplando el Nuevo Mundo a través de lo que conoce y, sobre todo, de lo que ha leído en obras como el Libro de las profecías de la Biblia, los Viajes de Marco Polo, el Imago Mundi de Pierre d’Ailly, la Historia rerum ubique gestarum de Eneas Silvio, las Vidas paralelas de Plutarco, la Geografía de Ptolomeo o la Historia natural de Plinio. Hoy diríamos que Colón, antes de ver la película, ya había leído el libro.

Sin embargo, esta deformación de lo americano, donde se combina la experiencia empírica con el deseo del almirante, no responde únicamente a la necesidad de adaptar una realidad que no puede ser comprendida racionalmente, de volver familiar y aprehensible lo desconocido. Colón no olvida en ningún momento la misión por la que se embarcó. El genovés debe justificar su empresa y rendir cuentas sobre los resultados de la misma ante sus lectores y proveedores, que no son otros que los Reyes Católicos. Si sus objetivos al comenzar el primer viaje eran los de conseguir oro y especias, reclutar esclavos y difundir la fe cristiana, su testimonio debe demostrar que, de una forma o de otra, su viaje ha tenido éxito. Para ello no duda en manipular lo que ve y oye, ofreciendo a sus majestades una visión de la naturaleza y del otro, es decir, del indígena, propicia para sus fines. Subyace, por lo tanto, en la obra del almirante, una motivación puramente material (y espiritual) y no, como en su día señaló Balaguer, la exaltación lírica más pura, en tanto que «obra debida exclusivamente al entusiasmo poético».

Ya la propia situación geográfica del territorio es fruto de esta doble motivación: Colón «llega» a donde le había prometido a sus majestades que llegaría y, al mismo tiempo, «encuentra» los reinos y tierras ya visitados por Marco Polo en sus Viajes, tales como el reino de Cipango (Japón) o las costas orientales del Gran Khan. Un «error de cálculos» que lo acompañará durante toda su vida, puesto que, aún en sus dos últimos viajes, mientras recorre las Antillas y el Caribe, sigue convencido de estar en los reinos de Catay y la Conchinchina.

De la misma forma, la visión que Colón ofrece de la naturaleza americana fluctúa entre la realización de fantasías contenidas en su imaginario y la presentación de una región llena de oro y piedras preciosas lista para ser explotada. Así, construye una suerte de locus amoenus que presenta los rasgos estereotipados del paisaje bucólico que se remonta en la literatura occidental a Homero: una vegetación abrumadora y fértil, siempre verde, ríos de agua cristalina, aves de diverso canto y color, etc., tal y como nos dice en su Diario de a bordo:

«…esta [isla] es mucho más y de grandes arboledos y muy verdes. Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es el arboledo en maravilla, y aquí en toda la isla son todos verdes y las yerbas como en el Abril en el Andaluzía y el cantar de los paxaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que ascureçen el sol; y aves y paxaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras que es maravilla. Y después ha árboles de mil maneras y todos de su manera fruto, y todos huelen que es maravilla, que yo estoy el más penado del mundo de no los cognosçer…»

 

Facsímil del mapa mundi realizado por Bartolomé Colón. Fuente

Facsímil del mapa mundi realizado por Bartolomé Colón. Fuente

El pasaje anterior nos permite atender, además, a algunos de los elementos característicos del discurso colombino: la comparación del Nuevo Mundo con paisajes y territorios ibéricos, que le permiten hacer familiar lo desconocido (tanto para él como para los Reyes Católicos), y el uso, más que frecuente, de la palabra «maravilla», a la que recurre cuando agota todo elemento estilístico para describir el paisaje natural. Para el almirante, esta naturaleza es, a su vez, hiperbólica: las plantas son las más hermosas, los ríos los más frescos y los indios «la mejor gente del mundo», siendo en su conjunto «la cosa más hermosa de ver que otra que se haya visto». Todo ello lo llevará incluso a asegurar, durante su tercer viaje, que el Paraíso Terrenal estuvo situado en el Golfo de Paria (actual costa oriental de Venezuela).

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Colón desembarcando en América

No olvidemos, sin embargo, que en la configuración de este Edén americano subyace un interés económico. Las tierras abundantes, maravillosas y llenas de recursos son al mismo tiempo una invitación a los Reyes a que tomen posesión de ellas y una demostración del éxito del almirante. Pero si bien solo ve oro en los collares y pendientes de los nativos, este indicio será más que suficiente para asegurar la abundancia del mismo:

«…estotra isla, la cual es grandíssima, y adonde todos estos hombres que yo traigo de la de San Salvador hazen señas que ay muy mucho oro, y que lo traen en los braços en manillas y a las piernas y a las orejas y al nariz y al pescueço»; «son estas islas muy verdes y fértiles y de aires muy dulces, y puede haber cosas que yo no sé, porque no me quiero detener para calar y andar muchas islas para hallar oro. Y pues éstas dan así estas señas… no puedo errar con la ayuda de Nuestro Señor, que yo no le halle adonde nace.»

Como ocurre con la naturaleza, en la deformación del otro (el indio americano) en el discurso colombino se conjugan la necesidad por identificarlo según unos esquemas culturales conocidos y el deseo por encontrar mano de obra esclava a la que, además, poder evangelizar. Desde su primer contacto con los nativos (el mismo 12 de octubre), Colón describe al indio en términos de inocencia, belleza física, desnudez, mansedumbre, etc., como si viviesen en la Edad de Oro de la mitología clásica o como un alma cándida que se hallase en un estado anterior a la caída del hombre en la tradición cristiana. Una concepción del otro que sentará las bases del ideal renacentista del «buen salvaje» como ser incorrupto por los males y vicios de la sociedad. Ya en ese primer encuentro Colón destaca su belleza, su candidez, su mansedumbre y su ignorancia:

«Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mugeres, aunque no vide más de una farto moça, y todos los que yo vi eran todos mançebos, que ninguno vide de edad de más de XXX años muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras [...] Ellos no traen armas ni las cognosçen, porque les amostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún fierro; sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas de ellas tienen al cabo un diente de peçe, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos.»

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Grabado que representa la llegada de Cristóbal Colón a La Española. Fuente

Por otra parte, al hacer hincapié en su juventud (posibilidad de trabajar, por tanto) y su mansedumbre (no conocían arma alguna), el almirante los expone a la corona como esclavos en potencia que se someterán sin problemas a la autoridad militar y religiosa de los Reyes Católicos, tal y como explicita en las siguientes líneas: «Ellos deven ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dizen todo lo que les dezía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían».

Si, como hemos visto, durante el primer viaje prevalece una idealización de la naturaleza y del indígena, en los tres viajes restantes la actitud del conquistador se vuelve cada vez más oscura, quizá por la decepción provocada al no hallar el oro y las especias que en un principio esperaba encontrar o al tener que enfrentarse a la resistencia fiera y hostil de los indios. De esta manera, el locus amoenus se torna locus horribilis, como cuando señala, en su tercer viaje: «las islas de Cabo Verde [...] según él dize, tienen falso nombre, porque nunca vido cosa alguna verde, sino todas secas y estériles» o «nunca vido el sol ni las estrellas, sino los cielos cubiertos de tan espesa neblina, que pareçía que la podían cortar con cochillo, y calor intensíssimo que los angustiava». Por su parte, el «buen salvaje» se transforma en un ser bárbaro y monstruoso, cuya inhumanidad servirá de justificación moral para que los conquistadores recurran a las armas. La misma «gente de amor» a la que aludía en su Diario de a bordo será la que, en el tercer viaje, se rebele violentamente: «vino de hazia Oriente una grande canoa con veinte y cuatro hombres, todos mançebos e muy ataviados de armas, arcos y flechas y tablachinas [...] todos dexaron los remos y echaron mano a los arcos y los encordaron, y enbraçó cada uno su tablachina y començaron a tirarnos flechas».

Llegados a este punto, cabe preguntarse, ¿cuál es la América real y cuál la imaginada? ¿Hasta dónde llegan historia y ficción en los testimonios colombinos? ¿Debemos atender a la América paradisíaca de indios inmaculados? ¿O mejor al territorio infernal en el que pululan monstruos «de un ojo y otros con hoçicos de perros que comían los hombres, y que en tomando uno lo degollavan y le bevían la sangre y le cortavan su natura»? La respuesta es clara: ni una ni otra. Aunque el «descubrimiento» de América se sitúa en los albores del Renacimiento, Colón se acercó más al hombre medieval y a su fe en la auctoritas que al homo novus renacentista y su conocimiento basado en la observación empírica de la realidad. Por lo tanto, no describe una nueva realidad, aproximándose de forma objetiva, sino que verifica toda una serie de conocimientos y creencias previas que ya traía desde España. Porque, como dijimos, Colón había leído el libro antes de ver la película.

Bibliografía|

BALAGUER, J., “Colón, precursor literarioThesaurus Tomo V. Núms. 1, 2 y 3. Colombia: Instituto Caro y Cuervo, 1949.

COLÓN, C., “Los cuatro viajes. Testamento”, Madrid: Alianza, 2000.

FLORES DE LA FLOR, Mª A., “Los monstruos en el nuevo mundo“, Ubi Sunt? Cádiz: Asociación Cultural Ubi sunt?, 2011.

LÓPEZ-BARALT, M., (ed.), “Iconografía política del nuevo mundo”, Puerto Rico: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1990.

OVIEDO, J.M., “Historia de la literatura hispanoamericana. I. De los orígenes a la Emancipación”, Madrid: Alianza, 2003.

PASTOR, B., “Discurso narrativo de la conquista de América”, Ciudad de la Habana: Casa de las Américas, 1983.

SERNA, M. (ed.), “Crónicas de Indias”, Madrid: Cátedra, 2009.

TODOROV, T,, “La conquista de América. El problema del otro”, México: Siglo XXI, 1992.

Redactor: Juan Manuel Díaz Ayuga

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y Máster en Enseñanza del español como lengua extranjera por la Universidad de Salamanca. Actual profesor de español en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto. (Podéis contactar conmigo a través de Twitter: @keisekillo)

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