Alucinaciones y remedios: plantas mágicas en un mundo cambiante

Con el avance científico y tecnológico en el ámbito de la salud, el papel de la medicina tradicional y el uso de diferentes hierbas para paliar dolores o enfermedades ha ido quedándose en un discreto segundo plano. No obstante, desde hace algunas décadas se ha popularizado de nuevo el uso de fármacos naturales para hacer frente a determinadas patologías, ya sea por cuestiones económicas, por la resistencia bacteriana a los antibióticos modernos, por los conocimientos de los efectos secundarios adversos de medicamentos sintéticos o por la creciente tendencia de la vuelta a lo natural en cuestiones cotidianas.

Desde antes de la Edad Media, el rol sanitario lo venía ejerciendo mayormente un colectivo de mujeres que trabajaron como médicas, curanderas, parteras y farmacéuticas, siendo prácticamente líderes en este sector hasta que, durante los siglos XI-XIV, fueron totalmente relegadas de estas prácticas y acusadas, en su gran mayoría, de brujería.

Si bien el término brujería y toda la cultura e historia que rodea a esta palabra tiene un origen bastante reciente, la hechicería o magia ha convivido con nosotros desde los albores de la humanidad. Surgió al principio de la historia del hombre para darle alguna explicación a los  hechos que en ese momento resultaban tan misteriosos, como los fenómenos meteorológicos, las enfermedades e incluso la misma muerte. Todos estos sucesos parecían causados por entes divinos, lo cual propició que el mundo oscuro y desconocido que abarcaba estos enigmas sólo pudiera conectarse con el mundo terrenal mediante unos pocos hombres: los magos.

Debido a que los procesos devastadores que sucedían en la Tierra eran obra de un ser superior, la lógica dictaba que propiciando los favores de dichos seres podrían conseguir que éstos les fueran benévolos. Este es el inicio de una serie de ritos y actividades que no eran sino una forma de intentar controlar aquello que no estaba en mano de los hombres. Nació la magia, y de forma muy ligada a ella las primeras religiones. Tanto es así que en el siglo V a. C. los magos pertenecían a la casta sacerdotal y eran altamente venerados y respetados.

Grabado de una habitación con una mujer que acaba de tener un hijo postrada en una cama mientras, en la parte inferior, dos mujeres lavan al recién nacido. Autor desconocido. Fuente.

Grabado de un parto en casa, asistido por mujeres. Autor desconocido. Fuente.

La hechicería ha tenido diversos roles, y su popularidad ha ido mermando a medida que se encontraban explicaciones  científicas para los sucesos naturales. Adicionalmente, la hechicería se vio apocada por la emergencia de las religiones  monoteístas, especialmente la cristiana en lo que se refiere a la historia de Europa, que tildaba a estas prácticas de paganas y aduladoras del diablo. Toda la cultura mágica que hasta entonces persistía en la sociedad fue erradicándose a medida que el cristianismo se imponía. Teodosio I en el año 380 d. C. consigna el cristianismo como religión  oficial del imperio, asociando magia con paganismo, y sus divinidades con demonios. Así, tal y como Eva Lara Alberola recoge en su libro Hechiceras y brujas en la literatura española de los Siglos de Oro, “la brujería significaba fundamentalmente hechicería, restos de ciertas supersticiones populares que tenían un carácter pagano porque se remontaban a épocas anteriores al cristianismo”. Las religiones clásicas, las paganas, quedaron refugiadas en bosques y hogares, siendo las mujeres quienes guardaban y protegían estos cultos antiguos.

La mujer adquiría el papel de sanadora en esta sociedad, pero el simple hecho de conocer el mundo que las rodeaba las llevó a una espiral de locura que acabó con asesinatos contados en miles, cuando no en millones (las cifras varían entre 50.000 y 2 o 3 millones, dependiendo del autor) por brujería, de los cuales entre el 75 y 90% eran mujeres.

La población femenina ha obtenido hace algo más de 100 años el acceso a la universidad en Europa (en España fue el 8 de marzo de 1910), por lo que todo el conocimiento que se aprendía hasta entonces generalmente era mediante la transmisión oral. Normalmente una mujer que conocía de medicina o herbología transmitía sus conocimientos a sus hijas, y lo mismo sucedía en el caso de las parteras, siendo éstas las únicas con capacidad de asistir al parto a otras mujeres, incluso en clases sociales elevadas. A menudo las mujeres eran las únicas sanitarias accesibles a otras mujeres y pobres. Empezó una sectorización del oficio, y la medicina se formalizó como educación reglada. Este hecho despojó a la mujer de su rol, negándole su hacer a la población a la que asistía.

Estas mujeres, distinguidas por sus conocimientos como “mujeres sabias” (más adelante como brujas), estaban familiarizadas con plantas y hierbas con propiedades médicas que incluso hoy en día se siguen utilizando, como la belladona (Atropa belladona), empleada por entonces para inhibir las contracciones uterinas cuando existía riesgo de aborto involuntario debido a su acción antiespasmódica. También sabían de las propiedades del cornezuelo (Claviceps purpurea), un hongo parásito de cereales como el centeno, que se usaba tradicionalmente para detener el sangrado tras el parto gracias a su actividad vasoconstrictora. Las dedaleras (Digitalis purpurea), especialmente sus hojas, se empleaban para controlar la arritmia. En la actualidad, la belladona se utiliza como analgésico en forma de pomada, además de en oftalmología debido a su efecto midriático (dilatador de la pupila). El cornezuelo y las dedaleras siguen empleándose para usos similares.

Hierbas2

Cuadro-resumen con las principales plantas nombradas en el artículo (de izquierda a derecha): Belladona (Atropa belladonna), estramonio (Datura stramonium), dedalera (Digitalis purpurea), cornezuelo (Claviceps purpurea), beleño (Hyoscyamus niger), hierba mora (Solanum niger) y mandrágora (Mandragora officinarum). Las fuentes se encuentran citadas en cada nombre científico.

No obstante, además de estas plantas curativas, también se conocían otras hierbas cuyo uso distaba mucho del sanitario (al menos en lo que al cuerpo se refiere). En el podio de las plantas alucinógenas utilizadas en esta época se encuentran el beleño (Hyoscyamus niger), la belladona (Atropa belladona) y la mandrágora (Mandragora officinarum). Sin embargo, se tiene constancia del uso recreativo de otra serie de especies, como el estramonio, la cicuta, el solano (o hierba mora) y el opio.

Las tres primeras especies, junto con el estramonio y la cicuta en algunos casos, entraban a formar parte de lo que se conoce como ungüento de brujas. Las formas de ingerir estas plantas eran diversas: se cocían sus hojas y se bebía el brebaje, se fumaban o se aspiraba el humo. El más conocido era el ya mencionado ungüento, que consistía en mezclar los extractos de estas plantas con grasa. Este producto se untaba en zonas de la piel de rápida  absorción, como las axilas, la frente o las ingles, cuando no por todo el cuerpo.

Todas estas plantas citadas poseen en su composición alcaloides. Estos compuestos son metabolitos  secundarios que la planta genera como respuesta defensiva frente al ataque de depredadores, como los herbívoros o los insectos. Estos compuestos, a diferencia de los metabolitos primarios (como el azúcar o los aminoácidos, esenciales para la supervivencia del individuo), carecen de valor alimenticio para la planta, por lo que su síntesis responde a la necesidad de comunicación del vegetal con el medio.

Existen más de 20.000 alcaloides conocidos, y aproximadamente el 9% de los géneros de plantas producen estas moléculas, siendo la mayoría angiospermas (plantas con flores). No obstante, los alcaloides no son exclusivos del reino vegetal, ya que se ha descubierto que los ratones, por ejemplo, son capaces de sintetizar morfina (un opiáceo analgésico presente, además, en el látex de la amapola Papaver somniferum) a partir de la tetrahidropapaverolina, constituyente normal de roedores.

La mayoría de los alcaloides que se han descrito en la literatura derivan de los aminoácidos, como la tirosina, fenilalanina o el triptófano. Sin embargo, los alcaloides también pueden derivar de otros precursores, como las purinas (bases nitrogenadas). En cualquier caso, son compuestos  nitrogenados y con actividad  farmacológica  activa.

En el caso de las mencionadas plantas que conformaban los ungüentos de brujas (beleño, belladona y mandrágora), los alcaloides responsables de los efectos narcóticos y alucinógenos son la atropina,  hiosciamina y escopolamina, si bien es este último el encargado de llevar a los consumidores de estas hierbas hacia un viaje extraterrenal. Los otros dos componentes participan en menor medida en las alucinaciones, pero tienen un potente efecto narcótico. Es por eso por lo que a los viajes les seguía un poderoso sueño que duraba incluso días, seguido de una narcosis que desorientaba a los intoxicados, quienes con tal confusión llegaban a creer ciegamente que habían experimentado el vuelo o se habían transformado en animales durante su viaje.

Obra Départ pour le Sabbat, de Albert Joseph Pénot (1910). Fuente.

Départ pour le Sabbat, de Albert Joseph Pénot (1910). Fuente.

En relación con el vuelo, cabe mencionar que la escoba que utilizaban las brujas para volar no es el resultado de una campaña de marketing moderna. Se tiene constancia de su uso real, y es que al untar sobre los palos de las mismas el ungüento y “cabalgar” encima, la pasta con la mezcla de las hierbas entraba en contacto con las mucosas de la vagina, cuando no del recto (esta práctica no estaba restringida al sector femenino) y se absorbían  fácilmente, llegando con rapidez al torrente sanguíneo y haciendo un efecto casi inmediato. Si a este hecho le añadimos el refuerzo psicológico que supone formular un conjuro, el viaje está asegurado. Cierto es que para experimentar el famoso vuelo a veces no era necesario ni la escoba:  ensayos recogidos hacia la mitad de 1950 relatan la sensación de ingravidez y gran ligereza tras inhalar el humo de las semillas del beleño.

Además de las plantas protagonistas, también se tiene constancia del uso del estramonio (Datura stramonium), donde la hiosciamina es el componente fundamental, además de la atropina y escopolamina, actuando en el sistema nervioso y provocando alucinaciones y midriasis. No obstante, cataplasmas en la piel hechas con hojas de esta planta parecen aliviar en gran medida dolores reumáticos en las articulaciones. La hierba  mora (Solanum nigrum), por su parte, contiene solanina, que es un glucoalcaloide (otro metabolito secundario). Tiene una acción depresiva sobre varias zonas del sistema nervioso, provocando parálisis en las extremidades. Debido a esto, se utilizaba como antiespasmódico, analgésico y narcótico-sedante, aunque cabe mencionar que la solanina es poco tóxica, y el contenido de este metabolito en la hierba mora es débil.

Tabla

Tabla con las principales plantas descritas, partes que se usan, uso clásico y actual. Fuente propia.

Este uso recreativo de las plantas y las consecuencias que originaban llegó a oídos de la iglesia, quien pasó de negar la existencia de tales brujas y vuelos en escoba a condenar a aquellos que negasen la existencia de dichas prácticas, puesto que negar la existencia de estos herejes suponía la mayor herejía. Esta transición de pensamiento vino de la mano de la inquisición, compuesta por emisarios de la iglesia que llegaban a todas partes de su dominio. Particularmente famoso fue el escrito que se redactó en Alemania en 1497 por los monjes inquisidores Heinrich Kramer y Jakob Sprenger: Malleus Maleficarum, traducido al castellano como El martillo de las brujas. En él se recogen con detalle, entre otros aspectos, los métodos para detectar, enjuiciar, sentenciar y destruir brujas. Un cúmulo de prácticas en su generalidad misóginas que tildaban a la mujer como responsable en primer grado de los males originados por brujería. Entre estas fatalidades se encontraban el arruinamiento de las cosechas, las enfermedades del ganado o el agriamiento de una cerveza. Fueron asociadas con brujería las parteras, coincidiendo casualmente con el momento en el que Europa quiso poner en manos de profesionales ciertas actividades hasta entonces artesanales. De ahí la figura de comadrona-bruja plasmada en el Malleus Maleficarum. También se incluían en este papel de brujas las mujeres que suministraban anticonceptivos o practicaban el aborto en zonas rurales.

El ajusticiamiento se basaba principalmente en la tortura, siendo un método infalible para la confesión de los delitos, además de propiciar las acusaciones a otros miembros de la población en respuesta a los niveles extremos de violencia a los que se vieron sometidas estas brujas.

El sistema de caza de brujas fue severo, tenaz y constante; no se explica de otra forma los millares de acusados que se recogen en los escritos de la época. Pero como bien recoge en su libro Marvin Harris Vacas, cerdos guerras y brujas, la locura de las brujas pudo tener intereses más allá de la simple tortura (que también). Y es que mediante este sistema se “desplazó la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval desde la iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con forma humana”.

Entre estos juicios, cabe destacar el de Jacoba Felicie, una mujer instruida que recibió entrenamiento en medicina. Fue llevada a juicio en 1322 por la Facultad de Medicina de la Universidad de París, por practicar y utilizar sus conocimientos a favor de sus pacientes, seis de los cuales testificaron en su favor. Sin embargo, estos testimonios se volvieron en su contra, ya que no sólo se la acusó de incompetencia en el marco de la medicina, sino que, además, como mujer que era, se atrevió a ejercer como curandera.

Cabe destacar que, como se ha podido intuir de la lectura, la diferencia entre un veneno y un fármaco, como bien escribió Paracelso en el siglo XVI, es la dosis. Es decir, a pequeñas dosis un determinado tóxico puede generar efectos beneficiosos en nuestro organismo, mientras que un pequeño aumento de la misma puede generar consecuencias fatales en nuestro cuerpo. No ocurre lo mismo en cuestiones de géneros: una conducta tóxica, en menor o mayor dosis, seguirá siendo tóxica. Y en ambos casos, la tolerancia de nuestros cuerpos ha de ser cero.

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Redactor: Victoria Campón

Graduada en Biología. Actualmente cursando Máster en Conservación de la Biodiversidad por la UHU.

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